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viernes, 16 de marzo de 2012

Mi inseparable amiga

No me importa decirlo abiertamente: tengo una sola amiga, pero de las de verdad. Nunca me ha abandonado ni lo hará. Siempre ha estado ahí cuando más la he necesitado, tanto en los buenos como en los malos momentos. Más bien, jamás se ha separado de mí. Somos como dos almas gemelas.

La confianza que tengo en ella es inmensa. Sin decir ni una sola palabra ya sabe lo que quiero en cada instante. Podemos pasar juntos una eternidad sin cansarnos. Vamos al cine, leemos novelas, navegamos por Internet, vemos por televisión nuestros programas favoritos, es decir, hacemos prácticamente todo juntos. He vivido con ella más de lo que puedo vivir con el resto. Somos inseparables. 

Dicen que soy un chico raro, asocial, que no me relaciono con el resto. Y digo yo: “Si fuera así por qué hemos hecho tan buenas migas”. Ella nunca me ha echado en cara mi carácter, ni mucho menos. De hecho, le gusta que sea así. 

Lo único que le puedo reprochar es que si alguna vez he quedado con algún conocido ella nunca me ha acompañado. Además, en otras ocasiones, cuando me he parado a hablar con alguien es como si ella desapareciera, estuviera distante, y volviera al poco tiempo de irse la otra persona. Quizá sean celos.

No sé como agradecerle lo mucho que ha hecho por mí, por no fallarme. Espero que no me deje nunca. Gracias soledad, eterna compañera.

viernes, 2 de marzo de 2012

El día “D”

No era una persona muy madrugadora, habitualmente me costaba bastante hacerlo, pero aquel día me levanté al amanecer. Quería tener la mente clara para poder pensar con tranquilidad. Necesitaba darme mi tiempo porque era una decisión muy importante. Tal era su importancia que posiblemente mi vida cambiara pronto.

La indecisión protagonizó las primeras horas de aquel día. Unas veces me decidía por el sí, otras por el no. No paraba de darle vueltas al asunto. Cada una de las opciones tenía sus pros y sus contras. “¿Por qué no hacemos más fácil la vida?”, me preguntaba a mí mismo. Siempre me había gustado complicarme las cosas.

Y así llegué a la hora de comer. Hasta las cinco en punto de la tarde no tenía que hacer acto de presencia. Pero posiblemente ya hubiera mucha gente esperando. Todavía tenía cierto margen para meditar.

Había quedado con un amigo para almorzar en el mismo sitio de siempre. Quizá me sacara de estas eternas dudas. “Manolito, lo mejor es que seas consecuente con el corazón y digas que no”, me decía mi compañero de batallas.

Tras un refrigerio lleno de nervios, llegó la hora de marcharse. Ya no quedaba nada. Al llegar, en la puerta se congregaba mucha gente que al verme me preguntaron por mi decisión. “Ya lo veréis”, les respondí con cierta ironía.

A las 18:22 de aquella tarde dijeron mi nombre, me levanté de mi asiento y cuando me disponía a responder escuché con una voz grave: “Quieto todo el mundo”. Era 23 de febrero y estaba en el Congreso de los Diputados. Me quedé sin votar en la investidura de Leopoldo Calvo Sotelo. El resto ya lo conocéis…